En 1852, siete años después de convertirse al catolicismo, un hombre que algún día sería santo escribió nueve discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. Se llamaba John Henry Newman. Era anglicano convertido, teólogo brillante, escritor finísimo y rector en ciernes de la Universidad Católica de Irlanda, que estaba a punto de fundarse en Dublín. Lo que escribió entonces sigue siendo, casi dos siglos después, la reflexión más lúcida y más urgente sobre para qué debe servir una universidad y, en particular, una universidad católica.

El pasado 1 de noviembre de 2025, el papa León XIV proclamó a Newman Doctor de la Iglesia y compatrono —junto con Santo Tomás de Aquino— de todas las personas que forman parte del proceso educativo en instituciones de inspiración cristiana. La bengala que lanzó al cielo fue visible en cada rincón del planeta donde hoy existe educación católica: "La imponente estatura cultural y espiritual de Newman servirá de inspiración a las nuevas generaciones, con un corazón sediento de infinito, dispuestas a realizar, por medio de la investigación y del conocimiento, aquel viaje que, como decían los antiguos, nos hace pasar per aspera ad astra: a través de las dificultades, hasta las estrellas."

El espectro completo del saber: la tesis central

La tesis central de los nueve discursos de Newman puede resumirse en una sola frase que él mismo elaboró con precisión admirable: si la teología es una rama legítima del conocimiento humano —y es—, y si la universidad se define como el lugar donde se enseña el conocimiento universal, entonces una universidad que excluye la teología no enseña un saber universal completo. Distorsiona la realidad.

Pero Newman fue igualmente claro en la dirección opuesta: excluir el saber laico de una universidad religiosa es también una mutilación de la verdad. La universidad católica —o más exactamente, la universidad en sentido pleno— debe enseñar lo que él llamó "el espectro completo del saber". Eso es lo que la hace católica en el sentido etimológico de la palabra: universal, comprehensiva, sin exclusiones arbitrarias.

Esta postura puede sonar obvia, pero en la Inglaterra victoriana de 1852 era polémica en ambas direcciones. Los reformadores laicos querían una universidad sin teología; ciertos sectores eclesiásticos querían una universidad sin ciencia secular. Newman les dijo a unos y a otros que se equivocaban, y lo hizo con una erudición y una elegancia que hasta hoy resultan difíciles de rebatir.

Fe y razón: las dos alas del espíritu humano

La intuición de fondo de Newman anticipa de forma notable lo que Juan Pablo II desarrollaría en 1998 en la encíclica Fides et Ratio: "La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad." Si cualquiera de las dos alas falta, el vuelo es imposible.

Contra el fideísmo —que pretende que la fe puede prescindir de la razón— y contra el racionalismo —que pretende que la razón puede prescindir de la fe— Newman propone un modelo de inteligencia integrada. El católico que sabe dar razones de su fe, que conoce la historia de la teología y de la ciencia, que puede dialogar con la modernidad sin perder su identidad, es el tipo de persona que la educación universitaria debe formar.

Benedicto XVI, en su homilía de beatificación de Newman celebrada en Cofton Park, Birmingham, el 19 de septiembre de 2010, lo dijo de manera memorable: "Sus intuiciones sobre la relación entre fe y razón, sobre el lugar vital de la religión revelada en la sociedad civilizada, y sobre la necesidad de una educación esmerada y amplia fueron de gran importancia, no sólo para la Inglaterra victoriana. Hoy también siguen inspirando e iluminando a muchos en todo el mundo."

No un superhombre: la santidad de lo cotidiano

A veces el modelo de educación que propone Newman puede sonar a exigencia descomunal: conocer la teología y la ciencia, la filosofía y la literatura, la historia y la técnica, todo a la vez. ¿No es eso pedir un superhombre? ¿Una élite intelectual separada de la realidad?

El papa Francisco dio la respuesta más precisa al canonizar a Newman en octubre de 2019. Citó un pasaje de los Parochial and Plain Sermons: "El cristiano tiene una paz profunda, silenciosa y escondida que el mundo no ve. El cristiano es alegre, sencillo, amable, dulce, cortés, sincero, sin pretensiones, con tan pocas cosas inusuales o llamativas en su porte que a primera vista fácilmente se diría que es un hombre corriente." La educación liberal que propone Newman no fabrica seres extraordinarios en el sentido mundano. Forma personas ordinarias extraordinariamente integradas: que saben lo que saben, que saben lo que creen, y que pueden dar razones de ambas cosas con sencillez y firmeza.

El laicado que Newman pedía: riguroso, no arrogante

Uno de los textos más citados de Newman es una definición del laicado que quería formar, y que Benedicto XVI recuperó en su homilía de beatificación: "Quiero un laicado que no sea arrogante ni imprudente a la hora de hablar, ni alborotador, sino hombres que conozcan bien su religión, que profundicen en ella, que sepan bien dónde están, que sepan qué tienen y qué no tienen, que conozcan su credo a tal punto que puedan dar cuentas de él, que conozcan tan bien la historia que puedan defenderla."

Traducido al contexto universitario actual: no se trata de formar militantes que repitan consignas, sino profesionales que integren su fe en su razón y su razón en su fe, que sean tan buenos ingenieros, médicos o abogados como son buenos ciudadanos y personas de bien. La excelencia académica y la formación humana no son objetivos paralelos: son el mismo objetivo.

El elogio de la literatura: la gran omisión de la universidad técnica

En el noveno de sus discursos, el más literario de todos, Newman aborda algo que las universidades técnicas de hoy frecuentemente ignoran: el papel insustituible de la literatura en la formación universitaria. Su argumento es simple y poderoso: "Si la presencia de la Iglesia es necesaria en las escuelas de la ciencia, resulta aún más imperativa en la otra gran constituyente de una educación liberal, que es la literatura. La literatura se relaciona con el hombre como la ciencia lo hace con la naturaleza: es su historia."

Un médico sin lectura literaria puede estar técnicamente preparado para operar. Pero los ejemplos de compasión que hay en la obra de Chéjov, las reflexiones sobre el sufrimiento en Tolstói, la dignidad del enfermo en las cartas de Séneca, lo habrán de mover a escrutar el alma de su paciente y a hacer vida la máxima del doctor Claude Bernard: "Curar, a veces; aliviar, a menudo; consolar, siempre." Lo que vale para el médico, vale para el abogado, el ingeniero, el economista, el maestro. La formación técnica sin formación humanística produce profesionales competentes que no saben para qué sirve su competencia.

La universidad católica y la tentación del utilitarismo

Uno de los pasajes más visionarios de Newman, escrito en 1852, parece escrito esta mañana: su crítica del enfoque "reductivo o utilitarista" de la educación. En un momento en que las universidades de todo el mundo compiten por rankear en listas de empleabilidad y retorno económico, Newman insistía en que el conocimiento tiene un fin en sí mismo: dotar a la mente del estudiante de "una fuerza y un orden propios, más allá de la utilidad práctica."

Esto no significa despreciar la utilidad —Newman era perfectamente consciente de que los profesionales necesitan ser competentes para ganarse la vida— sino poner la utilidad en su lugar. Una universidad que solo forma empleados útiles para el mercado no es una universidad en el sentido pleno de la palabra. Es una escuela de oficios con buenas instalaciones. La universidad, para Newman, debe aspirar a algo más: elevar "el tono intelectual" de la sociedad, formar el discernimiento, desarrollar el sentido moral y la responsabilidad ante el bien común.

Vigencia para el presente: IA, fragmentación y la urgencia de Newman

En 2025, en un mundo donde la inteligencia artificial puede redactar tesis, resolver ecuaciones y componer música, la pregunta que Newman plantea se vuelve más urgente que nunca: ¿qué tipo de pensamiento estamos cultivando que una máquina no pueda reemplazar? La respuesta no está en las habilidades técnicas, que los algoritmos aprenden cada vez más rápido. Está en aquello que hace irreductiblemente humana a la educación: la formación del juicio, el desarrollo de la conciencia, el amor a la verdad y el compromiso con el bien común.

Por eso la propuesta de Newman no es nostálgica. Es profética. Y las universidades de inspiración cristiana tienen hoy, más que en ningún otro momento de la historia, la oportunidad —y la obligación— de demostrar que la integración entre fe y razón, entre ciencia y literatura, entre excelencia académica y formación humana, no solo es posible: es necesaria.

"La educación es el camino a través del cual el espíritu humano aprende a conocer lo que es y lo que debe ser. La universidad cristiana no busca formar técnicos exitosos. Busca formar personas capaces de discernir, comprometidas con la verdad y el bien común, cuya razón haya sido purificada por la fe."

El autor es director general de El Observador, editor y ensayista. Este texto se basa en los Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria de John Henry Newman (EUNSA, 2011) y en los documentos magisteriales sobre educación católica citados a lo largo del texto.